El Tejedor. Maria Cosmes y Saverio Longo
( 2010. Grimmuseum, Berlín. 2010. Antigua Casa Haiku, Barcelona )

fotos: Carlos Pina, Leo Odoncz, Laura Gianeti, José Begega
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Este proyecto tiene sus orígenes en la fascinación estética y emocional que hizo surgir en mí el descubrimiento del bondage, a causa de necesidades técnicas para realizar otra obra titulada "Saeta". Este encuentro casual me hizo interesarme en el mundo del BDSM y de aquí se abrió un proceso de interrogantes y reflexiones, tanto intelectuales como estéticas, en torno a las implicaciones simbólicas de unas prácticas sexuales, que a pesar de ser consensuadas por los practicantes, no son muy bien aceptadas socialmente pero sí vampirizadas, entre otros, por el mundo de la moda y de la publicidad, incluso la dirigida al gran público, o de la estética cinematográfica.

Stephen A. Mitchell nos explica como “diferentes autores de diferentes escuelas [afirman] que para el ser humano lo más apremiante es mantener el sentido de la identidad y continuidad, y que las experiencias sexuales muchas veces obtienen significado e intensidad al cumplir este uso.” 1

En el imaginario estético actual, BDSM y fetichismo se convierten en signo de modernidad y glamour. Más allá de esta fascinación estética podemos preguntarnos qué mecanismos la hacen relevante. ¿Por qué en un momento histórico de puritanismo feroz y abdicación de la responsabilidad individual y colectiva el riesgo de un compromiso extremo con el otro resulta sugerente, me atrevería a apuntar, liberador?

Uno de los principales conceptos en torno al cual pivota esta obra es el de "uso del otro". En la Antropología clásica el concepto se ha utilizado sobre todo para hablar de relaciones de producción y como característica propia del ser humano, que sería el único animal que utiliza a otros individuos de la propia especie para su provecho mientras que se da por cierto que en el resto de la naturaleza ni siquiera los parásitos hacen eso, ya que el uso se da entre especies diferentes. En Psicoanálisis se ha hablado de "significar al otro” o “proyectar sobre el otro", que podríamos considerar como un aspecto del uso del otro. En la mayor parte de los casos el concepto parece irremediablemente asociado a connotaciones negativas de explotación o violencia, física o simbólica. Si bien ésta es una problemática desgraciadamente real y cierta, no es menos cierto que las relaciones humanas concretas no pueden ser reducidas a generalizaciones, cada relación tendría que ser considerada dentro de un contexto social, cultural y relacional concreto. Como afirma Ignasi Terradas “si las personas se rigen por compromisos entre ellas como tales, entonces sus facultades son medios que no tienen sentido en la abstracción o en el intercambio abstracto, sino en la peculiaridad con que cada persona las totaliza y personaliza. […] Para alcanzar a las personas hay que concebir el intercambio real entre ellas, en el que, por ejemplo, el dinero y el amor son algo que tienen significados personales y dejan de tenerlos fuera de la acción de esas personas.” 2 Aquí nos encontraríamos en el punto de intersección y conflicto donde se enfrentan la libertad individual, las nociones morales predominantes aprendidas y las reacciones visceralmente emocionales que éstas desencadenan.

Debemos indagar sin embargo, a qué nos referimos cuándo hablamos de uso del otro. ¿Hablamos del uso físico o del uso psicológico del otro? Yo me decanto por establecer el punto de partida en el "cuerpo" físico, cuerpo total que a los humanos no nos viene dado por la naturaleza sino que nos es otorgado como construcción, “un producto que excede la condición de materia y se inserta en una condición simbòlica” y que por su mediación conforma aspectos psicológicos importantes de los individuos reales.

"Fromm reubica las descripciones psicodinámicas de Freud de las organizaciones libidinales en un marco que subraya el carácter en un contexto más amplio, cultural e històrico. La sexualidad se vuelve “la expresión de una actitud hacia el mundo en el lenguaje corporal” 3

A partir de aquí el cuerpo se convierte en el "material cultural" ideal para reflexionar entorno a múltiples aspectos de la vida, la cultura y la sociedad humanas y, en especial, de las relaciones humanas concretas.

En este proyecto mi actitud como artista reclama la necesidad psíquica de poner en evidencia los mecanismos ambivalentes del uso y del don. Ambos, están presentes en mi obra de los últimos años. El don como cesión de mi cuerpo y su presencia a la manipulación, interpretación y tergiversación por parte del público participante, eso sí, nunca desde una posición indefensa, en la cual no creo. El uso se bifurca en una doble lectura, uso consciente de mi cuerpo plásticamente ofrecido y uso de las reacciones y emociones de los otros durante su participación en mis obras.

El Tejedor interpela al público sobre los mecanismos de construcción de nuestra identidad como individuos relacionales dentro del marco de nuestra cultura. La artista performer se convierte voluntariamente y con la connivencia de otro artista modelador de su cuerpo a través de las cuerdas de cáñamo en objeto de uso, un objeto que sólo sirve para bailar al ritmo que imponen la música ambiente y los atrevidos participantes del público que lo deseen, mujeres u hombres.

El rígido vestido oprime el cuerpo evocando al mismo tiempo las delicias del poder y la carne y el suplicio de la socialización/domesticación, de los límites de la voluntad y del libre albedrío. Objeto de admiración e instrumento de tortura que condiciona las relaciones humanas y su libre desarrollo.

El Tejedor, el artista constructor del vestido, está presente en el tiempo real de la performance como un símbolo, un dios durkheimiano que detenta el poder de la realidad ideal y proyecta su presencia insoslayable sobre el espacio humano.

Mientras, la acción en tiempo real evoca la trampa de las relaciones entre seres humanos social y culturalmente conformados que se usan y abusan; el espacio conceptual pone en duda quién manipula a quién, el artista que ha generado la situación, el público que se presta al juego, los condicionamientos sociales, los imperativos culturales...

Público y artista, quedan atrapados en dos niveles de lectura tal vez como Manos dibujandose, tal otra como las desconcertantes y angustiosas escaleras imposibles de Relatividad de Escher.


1. Stephen A. Mitchell. Conceptos relacionales en psicoanàlisis. Una integración
2. Ignasi Terradas. Eliza Kendal. Reflexiones sobre una antibiografía
3. Mitchell

Con la colaboración de:

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